28 de novembre 2005

Las hojas secas caen al suelo, con su color antiguo inundando de vejez el jardín. Pisadas por zapatos que les roban su color con sus suelas estampadas de crujidos, atropelladas por coches que las amontonan en aceras de hojarasca dorada a ambos lados de la carretera. Empapadas bajo diluvios de agua fría, nada las atraviesa en su sequía. Nadie se acuerda de las hojas secas cuando llega el verano, ¿a dónde van a parar? ¿Cuándo desaparecen? Sin crujir, sin gemir, sin hacer ruido se alejan del tiempo y la distancia, como nacieron, verdes en sus áticos con terraza, en su mirador de bosques, de rios, de asfalto con sus nervaciones elásticas de vida. Que triste es ver caer una hoja del cielo, resistiéndose a la caída en intentos inútiles de planeo, en una larga agonía que las deja frágiles en el suelo, rendidas a la suerte, vencidas y agotadas. Que triste es ver caer un sueño.