26 de desembre 2005

No quiero volverte a ver, la última vez que quedamos no pude verte en toda la tarde, no tenías tu sonrisa, ni tus ojos, ni tu luz. Aún los recuerdo y tengo miedo de verte de nuevo sin ellos, de que ya nunca más estén en ti cuando me mires y me acostumbre a esa nueva manera que tienes de verme, como si ya no fuera único, como si fuera una gota en medio del mar, un punto en una línea y yo te mire como al horizonte, azul brillante, pero lejos, muy lejos. Tú apareces con tu vestido de aura, inmensa como el mar, y eres demasiado grande para abrazarte, como te abrazaba antes, cuando tú y yo éramos siameses y no nos separaban miles de kilómetros, y yo te recogía entre mis brazos y me daba cuenta que eras el mundo, que el tiempo se paraba cuando te apretaba y no importaba nada más; pero ahora eres agua, y te escurres de mis brazos y lo único que me has dejado es el pecho mojado calando en mi corazón que se llena de escarcha y bombea una helada tras otra por todo mi cuerpo. Que invierno tan frío, que insoportable levedad de espíritu me queda para pasar el resto de mi vida, que insignificante me siento y no tengo otra salida.