Tengo la sensación constante de haber acabado un libro, ese momento en que llegas a la última página y lees lentamente sus frases finales, saboreando el momento en que todo se resuelve, y lo cierras más lentamente aún pensando que estuvo bien mientras duró. Estoy clavado como si yo fuera ese momento y no consigo pasar la página, el final se alarga en su agonía y me maltrata dolorido porque no quiere marcharse. El libro se ha acabado, entre noches en vela y bostezos, entre ansias de querer más y sueños con los ojos abiertos. Todo termina y se esfuma y sin darnos cuenta son sólo recuerdos, somos sólo recuerdos de otros y de nosotros mismos, no existimos si se nos olvida y perdemos el norte si no tenemos nada en que pensar o si no queremos pensar en lo que pensamos y cambiamos el rumbo obligados hacia nadie sabe donde. No sabemos donde vamos y duele cada día que nos alejamos del destino soñado, del final de nuestro libro, del que escribimos sobre páginas en blanco una y otra vez, y borramos, y escribimos, y borramos, y escribimos dormidos y borramos despiertos queriendo juntar las líneas en un punto, pero puede que sean paralelas y pasemos una vida entera sin conseguirlo; o puede que como en mi lugar las líneas se hayan juntado ya y ahora sólo pueden alejarse y lo único que nos queda por hacer es mirar atrás y recordar.

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