Muero una vez tras otra para nacer feliz y no lo consigo. Siempre nazco en uno de esos momentos de introspección en que nos quedamos ausentes del espacio exterior y vivimos rebuscando un hueco interior donde escondernos a meditar, donde todavía no hay nada que lo contamine. Es ahí donde siempre nazco de nuevo encogido, protegiéndome del exterior y del dolor a oscuras y entre algodones para que nadie me pueda ver. Hay un cordón que enciende la luz, no se si encenderla, cuando lo estiro todo se ilumina y todo es perfecto menos algo, que ya no está, unos segundos me bastan para darme cuenta que no estás tú y estiro el cordón para apagarla de nuevo. A oscuras puedo dibujarte en pintura blanca sobre el negro y en tonos grises veo tus besos caer al suelo sin destino, como lágrimas de estatua, como globos que caen lentamente sin un niño que los recoja. El suelo esta lleno de amapolas que florecen sobre la piedra húmeda y convierten mis recuerdos en primavera congelada para siempre, en primavera que muere junto a mi escondite, junto a tus besos caídos y mi cuerpo a oscuras encogido, a salvo del tiempo que pasa en tu ausencia, a salvo de los paseos a solas mirando las parejas, a salvo de mis propios pedazos de corazón, de las espinas clavadas y de las lágrimas abandonadas que nunca verás. Volveré a morir hasta que no me acuerde de ti, y no me importa cuantos pasos atrás tenga que dar, porque más grande será el impulso y más tiempo volaré en mi salto.
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